Previa

La ciudad entera decidió darse una ducha para recibir ese día. Por fin él accedió a ir a su casa. Ella en el espejo, bañada por la luz de la tormenta, se tornó tan atemporal como aquella tarde fuera de foco.

Contaría las horas si pudiera, pero bien podrían ser las cuatro como las seis, daba igual. Seleccionó un disco con la punta de los dedos y se dijo para sí que tendría que quitar de una buena vez el polvo acumulado sobre la torre de compactos apilados junto al equipo de audio. The Best Of Etta James se elevó como por obra y magia de esas máquinas que prometen osos de peluche a cambio de una moneda.

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Psicólogo de cabecera

Estamos en Uruguay del 2050. La salud es pública y completamente gratuita para todo habitante del país e incluso para los extranjeros que nos visiten. Hará unos diez años me informaron que debía elegir un “psicólogo de cabecera”. Recuerdo que asocié lo de psicólogo con cabecera y estuve a punto de hacer un chiste, pero me lo guardé ante la mirada seria de un funcionario implacablemente vestido de blanco lleno de tatuajes y pierciengs.

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Re pasada

Se sacó los auriculares enormes para saludar al conductor, pagar el boleto y dar las gracias. Quedaron ahí, colgando del cuello, con la música todavía luchando por alcanzarla y treparse por el lóbulo de la oreja desnuda.

Caminó hacia el fondo y se sentó en el asiento “de los bobos”, a pesar de que había cuatro o cinco ventanillas disponibles. No era ni joven ni vieja, estaba a mitad de camino, en ese limbo donde el proceso de deterioro del cuerpo perece entrar en pausa.

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Silencio

Juan Carlos se aprontó el mate como cada mañana, hace por lo menos cuarenta años. Ya de gurí la abuela lo convidaba con unos mates dulces. Así adquirió la costumbre, en aquel cacharrito de loza con flores, que luego se fue haciendo más grande, áspero y amargo, como la vida misma.

“Hacete amigo del silencio”, esa frase la heredó junto con la costumbre de tomar mate. Eran como dos cosas que venían casi de la mano. Las dos generaciones se sentaban en el patio de baldosas desvaídas, justo debajo de la claraboya, a contemplar al canario encerrado en su jaula y a las plantas atrapadas en sus macetones de cemento con patas.

Si estaba lindo el clima, la abuela le pedía ayuda para darle a la manija y correr la claraboya. Entonces sentía una alegría propia y una pena ajena por el canario y las plantas que luchaban sin éxito por alcanzar el cielo, esa utopía enmarcada en el muro de un caserón viejo.

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Declaración jurada

Él sabía de ella que su cédula terminaba en cero. Martínez sabía muchas cosas que no le interesaba saber de mucha gente: cuánto ganaban, si tenían hijos o no, más algunas cualidades como la honestidad, el orden o la tendencia al despiste.

Martínez sabía mucho acerca de su clienta dígito cero, pero no la conocía en realidad. Lo primero que le llamó la atención de ella fue su apellido, le sonaba algo musical, como puesto ex profeso, si no fuera porque el apellido no se elige: Larrosa.

Seis años de papeleo y casi no habían establecido otro vínculo con Larrosa más allá de las boletas con IVA y los aportes a la caja de jubilaciones. Martínez se había recibido de contador por mandato familiar, porque “era una profesión para ganar plata”. Aunque el propio Martínez no creía en este mito, le parecía algo exagerado, y de vez en cuando hasta disfrutaba su trabajo.

Martínez llegaba holgado a fin de mes, vivía solo en un minúsculo apartamento en un barrio bien cotizado y andaba en bicicleta porque quería, aunque tenía ahorros como para comprarse un cochecito. La bicicleta lo mantenía en forma y le quitaba esos años de más que el ejercicio de su profesión a veces le endosaba.

Si quería salir, salía. Sus amigos treintañeros parecían no querer volver del viaje de Ciencias Económicas. Martínez fantaseaba con que nunca bajarían del avión, que habían quedado como atrapados en esa fantasía, dando vueltas al mundo como una noria.

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Agua tibia

A medida que descendía el olor a cloro se iba haciendo cada vez más penetrante. Con cuidado de no resbalarse, bajaba las escaleras como sonámbula, intoxicada por la promesa del agua tibia.

Podía sentir sus músculos de mujer joven tensarse como cuerdas, los muslos todavía firmes a pesar de lo que ella consideraba un leve sobrepeso.

Luego de algunas clases tardías, se lanzó por fin a ese universo líquido. Con la torpeza propia de un adulto que aprende, carecía de técnica. Nadaba como condenada de un lado a otro de la piscina, con la intención confesa de perder peso. Visto de afuera parecía más bien alguien que estaba cumpliendo con una penitencia autoimpuesta.

El cabello le formaba un monte bajo la gorra de goma, otorgándole un aspecto algo extraterrestre que se completaba con los lentes ovalados para ver bajo el agua.

Pero sumergida no había mucho para mirar, más que las piernas de las personas adultas que se abandonaban a flotar en ese caldo azul. El grosor de las extremidades solían no coincidir en nada con el perímetro de su cintura, lo que alimentaba la fantasía de que se trataba en realidad de una colonia de seres, mitad medusa, mitad humano.

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