Cuando sea grande

El domingo fue el día del padre en Uruguay. Como es habitual, yo invité a mi madre a celebrar conmigo.

Estábamos conversando de la vida, de los sueños, de todo y de nada al mismo tiempo. Entonces le dije “cuando sea grande…”. Ella me miró como diciendo “ya sos grande”. Yo no la dejé romperme la magia. “Bueno, cuando sea más grande todavía”. Y seguí con el relato.

Los padres, madres, adultos que nos vieron crecer en general, son la garantía de que vamos a poder usar esa frase. Mi madre siempre me trató como más grande, más madura, más fuerte. Pero es mi madre y junto a ella soy una niña. Tengo derecho a decir “cuando sea grande”, porque para soñar sueños que no cumplimos, sueños que soñamos cuando éramos niños, nunca es tarde.

Mi madre no debió haber puesto esa cara de asombro. Por suerte soy inmune a su realismo aniquilador. Ya no soy tan chica como para que me pongan en mi sitio ni tan grande como para dejar de soñar. Estoy en mi mejor momento. Lo siento mami.

 

 

 

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Pequeños mundos

“Dale, levantate que llegamos tarde”, le zampa la madre a su hija justo en la mitad de un sueño maravilloso. Sin muchas ganas abre un ojo sin saber que algún día ese techo, el color de las paredes de su cuarto, la luz del ambiente y la perspectiva desde su cama van a pasar a formar parte del decorado de un mundo entonces muy lejano llamado infancia.

La cocina se agita y la perra rasca la puerta ansiosa, la única que le ganó al despertador como cada mañana, víctima de su biología y de la tiranía de hacer sus necesidades en la vereda humana.

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