El agujero y las redes

Hoy casi no se habla de otra cosa que no sea “estar en las redes”. Nunca la metáfora de la trampa fue tan alabada. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Marcas, productoras audiovisuales, cazadores de talentos, gente sin talento que salta a los brazos de sus potenciales captores y gente talentosa que se muestra sorprendida cuando, casi por error, es capturada.

“Offline es el nuevo lujo”, leí en una nota sobre Snapchat, una de las aplicaciones ascendentes en materia de mensajería instantánea. La vida privada, pero sobre todo lo privado de la vida, ha pasado a cotizar como mercancía simbólica.

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Horas libres

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Después de las cuatro de la tarde comienza la infancia suelta. Se abren las puertas de la escuela y a borbotones salen, se tropiezan, empujan, tambalean, se caen, a veces lloran pero siempre se levantan. Todos desatados, las moñas, los cordones de los zapatos, las trenzas. Así, libres, exhaustos y llenos de energía al mismo tiempo, invitan a un amigo a tomar juntos la merienda.

Por más que los adultos le metimos tijera a la infancia haciendo coincidir nuestras interminables jornadas de trabajo con sus horas de permanencia en las escuelas, ellos se las amañan para hacerle trampa al tiempo completo.

Y cuando susurramos un “sí, bueno, dale”, ya nada más importa. Saltan de los bolsillos un poco descosidos juguetes y figuritas. Se festeja como un gol el permiso para llevar amigos a casa.

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Auriculares

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La gente ya no quiere hablar. En la oficina, en el transporte colectivo, caminando por la calle. Antes era algo como más discreto, un dispositivo que se escondía dentro del oído dejando caer dos sutiles cables sobre los hombros. Era difícil que no se enredara todo dentro de la mochila o la cartera. A veces terminabas sin ponerte los auriculares por simple pereza, porque cuando lograbas desentramar la madeja te tocaba bajarte en la próxima parada.

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Tremendo viaje

Mediterráneo
Mediterráneo

Fotos en Facebook, miles, de gente viajando, feliz. En el mismo muro, la foto de la que hoy hablan esas mismas personas, la del niño sirio ahogado, representante de otros tantos que encontraron el mismo destino.

“Mirá lo que es el color del agua”, dice alguien que se deleita observando el Mediterráneo de fondo en una típica postal turística. Yo miro el agua y la veo roja. Miro el agua y veo cuerpos flotando. Capaz que estoy loca, pero sería incapaz de disfrutar en ese contexto.

“Una pena que Turquía esté tan peligroso”, se lamentan los turistas con sus flamantes visas y pasaportes. Se les ha arruinado el paisaje.

“Tenés que viajar, después que arrancás no parás, es adictivo”, escucho decir a diario. Y la verdad es que no se me da la gana actualmente. Trato de tener ganas, pero no puedo. No puedo pasar con un avión  y hacer adiós con la mano a todas esas familias destrozadas por la guerra, ya no importa cuál. Esa maldita costumbre de los poderosos.

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Lo esencial es invisible

Foto: marcha Palacio Legislativo.
Paro y movilización del 27 de agosto de 2015

Mañana se retoman las clases en la educación pública de todo el país. Habrá que cargar bien la Ceibalita, juntar los lápices de colores que juegan a las escondidas por toda la casa, sacar de su asombro a la mochila que quedó con la boca abierta de tantos días sin escuela y repatriar los juguetes que quedaron en lo de la abuela.

Ante la duda, algunos padres optamos por explicarles a nuestros desconcertados hijos que no estaban de vacaciones. Explicarles que cuando los maestros tengan una nueva oportunidad de pedir lo que les corresponde, un salario y trabajo dignos, quizás ellos ya estén en el liceo. Porque para un adulto cinco años es mucho tiempo, pero para un niño es una eternidad.

Mientras los maestros y profesores negociaban sus condiciones de trabajo, hubo que hacer cuentas, construir ábacos con tapitas de refresco, copiar del libro al cuaderno para que las letras no caigan en el olvido y acudir a recursos didácticos de lo más disparatados.

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