Maestro, el celular

Luego de varios malabares con la agenda personal, los trabajos de cada una y la familia, un grupo de mujeres (sí, intentamos que hubiera algún varón en la barra, pero sin éxito) nos juntamos en la escuela como cada miércoles por la mañana para salir por las clases a regalar un cuento.

Toqué un par de puertas hasta que por fin un maestro joven de segundo grado me habilitó el espacio para leer. “Todavía no empezaron a copiar en el cuaderno” me dijo, en señal de permiso, y se fue a sentar al fondo de la clase sin siquiera presentarse.

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Fan

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Tomé el labial y lo repasé varias veces, entrecerrando los ojos frente al espejo, como si hiciera falta otra capa más de fucsia. Sonreí. Porque estaba feliz, pero también para constatar que no quedaran restos de maquillaje en la comisión de frente de mi alegría.

También repasé mentalmente las letras de las canciones, que si fueran de un color, también serían de un fucsia brillante. Tomé la campera de jean de segunda mano que tanto me gusta y, luego de meterme dentro, palpé los bolsillos para verificar que estuviera ahí mi entrada.

El taxi ya me estaba esperando en la puerta. En la parte de atrás me dejé llevar iluminada por la pantalla del celular, coordinando los últimos detalles del encuentro. Sabía que sería la encargada de hacer la fila para el concierto. Sentí una ansiedad adolescente y me alegré de no haber perdido con los años mi reserva de mariposas estomacales.

La categoría de público en la que me había embarcado no admitía interpretaciones: generales de pie. El taxi me dejó en la esquina, hasta donde llegaba la fila, un collar de cien metros compuesto por veinteañeros. Acostumbrados a salir a las tres de la mañana, esa noche madrugaron a la luna para ver a su banda de electro pop melodramático bien de cerca.

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