Aquello

-El perro salió, olfateó un poco, pero al final hizo sus cosas y volvió a entrar, ni se estresó.

La mujer de mediana edad llevaba lentes negros y corte carré color rojizo. Tenía los labios pintados y mucha bijouterie de fantasía. Agarraba el celular como un verdadero teléfono, apoyándolo en su mejilla derecha. Ya casi nadie hace eso. 

El ómnibus iba lleno de puerta a puerta, pero ella estaba sentada. Antes de dar cada respuesta giraba la cabeza hacia ambos lados y su cabello se bamboleaba como en un aviso de acondicionador o de pelucas a mitad de precio.

-Aquello está en el mismo lugar.

Dijo bajando un poco la voz, como si se tratara de un secreto.

-Y si llueve nada, quedará ahí. Es como una sombra.

¿Qué sería aquello? ¿Un perro muerto? ¿Un sillón viejo? ¿Una bolsa de portland?

Podría ser cualquier cosa. Sólo tenía que nombrarlo para dejar de llamar la atención de los pasajeros. Pero no, la mujer que parecía disfrazada para no ser encontrada por Interpol, eligió la ambigüedad más absoluta. El misterio convirtió una charla de lista de supermercado en la trama de una teleserie policial que bien podría titularse “Aquello”, como el best seller de Stephen King.

 

 

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Control mental

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Volví. Este es mi espacio, mi zona de confort y confortable. Al no ser un blog muy popular, tiene ese aire a living de casa. Mejor, es como una plaza donde venimos más o menos siempre los mismos a leer y dejar que el sol nos caiga sobre la espalda.

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Sobre ruedas

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La otra tarde nos calzamos los patines y salimos a rodar. Vos con siete años ya, casi ocho. Juli dejando la timidez de lado, pagando con cada porrazo el derecho a heredar tus botas que ya te quedan algo chicas. Cómo han crecido. Tanto que ahora sos vos la que me lleva de la mano porque yo hace un año que no patino. Siempre me ayudaste a mantener el equilibrio.

Te miro de reojo, toda bañada por la luz del atardecer sobre la rambla, y veo a mi bebé que se oculta como el sol detrás de tus rasgos de nena grande. Se me pierde de vista tu hermana y de pronto la veo de la mano de una nueva amiga, ella tan desconfiada que era, tan tímida, ya no necesita tener a su madre siempre en el horizonte.

Yo te digo que te amo, pero vos todavía no entendés lo que significa para mí verte funcionar en este mundo caníbal. Tan frágil que parecías y sin embargo tan fuerte que siempre supe que eras. Allá a lo lejos lo sigue intentando Julieta, cuatro años de pura actitud. Ya no te llamo a los gritos desesperada “¡Manuela! ¡Manuela!”. Con el corazón en la boca te busco en silencio, porque sé que sólo la confianza te va a llevar más lejos.

 

 

To do

Vivir agobiado por cosas qué hacer, grandes y pequeñas, se van acumulando hasta dejar una pequeñísima luz por donde pasa una cantidad ridícula de oxígeno.

Vas tachando y se van agregando nuevos casilleros en blanco. Sospecho sin poder comprobarlo en este instante que es propio de la cultura occidental esa manera de transcurrir, como algo muy católico, apostólico y romano. Un tic del calendario gregoriano.

Y entonces resulta que tenemos días importantes, días épicos, días en los que todo cambia de un momento a otro: compromisos, titulaciones, certificaciones, contratos,  vencimientos, muertes y nacimientos; y todo lo demás parece una gran sala de espera llena de revistas viejas.

¿Por qué no hacer que cuente también el entretiempo? ¿Qué pasa con la gente que parece que está eternamente “comiendo banco”, como se dice en la jerga futbolera? Si no metiste un par de hitos en lo que convencionalmente hemos acordado denominar “año”, fuiste.

Como que entre factura y factura que pagás vencida te afanás en trascender o hacer que valga la pena de una forma que nadie, ni vos mismo, entiende. Ahí es cuando viene un niño de esos que viven en tu casa, esos que te cambiaron el nombre para siempre, y te tiran un “te acordás mamá…”, seguido de un evento que habías olvidado por completo o al que le habías restado o mejor dicho nunca le habías sumado ninguna importancia. Un momento que no existió hasta que te lo trajeron a cuento.

Al diablo con la lista de cosas que hay para hacer y el libro que te explica como librarte del molesto caos en cinco simples pasos. Ojalá nunca nadie tenga que cerrar con llave su casa pensando si quizás no habrá olvidado dar un beso.

El agujero y las redes

Hoy casi no se habla de otra cosa que no sea “estar en las redes”. Nunca la metáfora de la trampa fue tan alabada. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Marcas, productoras audiovisuales, cazadores de talentos, gente sin talento que salta a los brazos de sus potenciales captores y gente talentosa que se muestra sorprendida cuando, casi por error, es capturada.

“Offline es el nuevo lujo”, leí en una nota sobre Snapchat, una de las aplicaciones ascendentes en materia de mensajería instantánea. La vida privada, pero sobre todo lo privado de la vida, ha pasado a cotizar como mercancía simbólica.

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Pantallas

Como en aquellas películas en blanco y negro donde el detective mira ostensiblemente sin mirar un periódico, ahora la nueva moda es chequear el celular para evadirse de la realidad o evitar alguna situación incómoda.

Este aparato se ha convertido en el superhéroe de los ascensores y el villano de las reuniones, ya sean éstas sociales o de trabajo.

La gente mantiene conversaciones paralelas a menudo intrascendentes no tanto como una forma de estar conectado con sino más bien como excusa para desconectarse de.

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Auriculares

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La gente ya no quiere hablar. En la oficina, en el transporte colectivo, caminando por la calle. Antes era algo como más discreto, un dispositivo que se escondía dentro del oído dejando caer dos sutiles cables sobre los hombros. Era difícil que no se enredara todo dentro de la mochila o la cartera. A veces terminabas sin ponerte los auriculares por simple pereza, porque cuando lograbas desentramar la madeja te tocaba bajarte en la próxima parada.

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