Sobre ruedas

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La otra tarde nos calzamos los patines y salimos a rodar. Vos con siete años ya, casi ocho. Juli dejando la timidez de lado, pagando con cada porrazo el derecho a heredar tus botas que ya te quedan algo chicas. Cómo han crecido. Tanto que ahora sos vos la que me lleva de la mano porque yo hace un año que no patino. Siempre me ayudaste a mantener el equilibrio.

Te miro de reojo, toda bañada por la luz del atardecer sobre la rambla, y veo a mi bebé que se oculta como el sol detrás de tus rasgos de nena grande. Se me pierde de vista tu hermana y de pronto la veo de la mano de una nueva amiga, ella tan desconfiada que era, tan tímida, ya no necesita tener a su madre siempre en el horizonte.

Yo te digo que te amo, pero vos todavía no entendés lo que significa para mí verte funcionar en este mundo caníbal. Tan frágil que parecías y sin embargo tan fuerte que siempre supe que eras. Allá a lo lejos lo sigue intentando Julieta, cuatro años de pura actitud. Ya no te llamo a los gritos desesperada “¡Manuela! ¡Manuela!”. Con el corazón en la boca te busco en silencio, porque sé que sólo la confianza te va a llevar más lejos.

 

 

Maestro, el celular

Luego de varios malabares con la agenda personal, los trabajos de cada una y la familia, un grupo de mujeres (sí, intentamos que hubiera algún varón en la barra, pero sin éxito) nos juntamos en la escuela como cada miércoles por la mañana para salir por las clases a regalar un cuento.

Toqué un par de puertas hasta que por fin un maestro joven de segundo grado me habilitó el espacio para leer. “Todavía no empezaron a copiar en el cuaderno” me dijo, en señal de permiso, y se fue a sentar al fondo de la clase sin siquiera presentarse.

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Amigos imaginarios

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Liniers: un capo.

“Los muchachos”, así los llamamos cariñosamente los adultos de la casa. Son todos amigos de Julieta, y al parecer son una comitiva importante que raya la decena. A veces están en armonía y se quedan conversando con ella hasta altas horas de la madrugada. Al otro día se complica para levantarse e ir al jardín, pero los amigos son así, no conocen de horarios cuando la charla es buena.

No siempre está todo en perfecto equilibrio. A veces hay que soportar largas jornadas de exorcismo, por decirlo de alguna forma, durante las cuales discuten acaloradamente y ella los echa para siempre de la casa con una lapicera mágica que ostenta una pluma superpoderosa en la punta.

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