Voy a cambiar el mundo

Todos los días, para bien o para mal, cambiamos el mundo. De hecho es lo que nos caracteriza como especie, nuestra capacidad de modificar a nuestro antojo el entorno. El resto de los seres posee la capacidad de vivir en total armonía con su ambiente a menos que la evolución o un meteorito determinen su trágico final. Pero la mayoría de los humanos vivimos en un medio artificial creado por y para nosotros. Incluso nuestras emociones son, en su mayoría, aprendidas. Tanto es así que cuando hablamos de “los animales” no nos incluimos en dicha categoría.

Quizás mi perra pueda pensar, de la forma que piensen los perros, que “el mundo es así y no lo voy a cambiar”, quizás no con un lenguaje articulado que configure su conciencia y su manera de ver el mundo, pero con una sensación de “hace diez años que me dan la misma ración, ufa” o algo por el estilo.

Pero incluso mi perra cuando se aburre de comer siempre lo mismo, patea el tacho de la basura y roba lo que le gusta. ¿Por qué nos cuesta tanto entonces a nosotros aceptar el cambio, tan humanos y “no animales”, tan lampiños e indefensos ante el clima y otras adversidades, más o menos cómodos dentro de nuestras casas del material que sea, pero hechas de pura cultura? ¿Por qué nos cuesta tanto pensar que podemos “cambiar el mundo”?

De pronto por eso mismo, porque “el mundo” no es algo material, en el fondo sabemos que “el mundo” es la cultura. Y sin ella estamos desnudos y a la intemperie. ¿Cómo demoler el edificio que nos oprime y nos protege al mismo tiempo? Y ese mundo, esa cultura, ese edificio está hecho de palabras, de símbolos. Son como monolíticos minuciosamente elaborados para encajar, para ensamblar, para que el edificio no se caiga, no se quiebre y nos deje de un momento a otro como animales indefensos, lejos de nuestro instinto y de nuestra cucha imaginaria al mismo tiempo.

Entonces con las palabras ponemos en marcha todos los días la misma obra, la misma Torre de Babel que se cae pero se levanta sobre nuestra insistencia. Y llega un momento en que esa labor es tan invisible, tan silenciosa como un camino de hormigas.  Entonces alguien lanza una piedra y todo se revela de pronto, como un día de tormenta, se alborota el hormiguero, se rompe la calma, ya nada fluye como un río manso.

Siempre. Nunca. Todo. Palabras que buscan ser la argamasa de lo que se ha roto. Pero resulta que no pueden, algo se desarma. Hay enojo y frustración en el aire.

Y la sentencia: “No vas a cambiar el mundo”. Pero la realidad dice que sí, que ya está hecho, que nuestro mundo, el de los humanos, se cambia con el pensamiento y que pensar distinto ya es algo, es mucho. De ahí a la acción, la coherencia, la revolución que implica cambiar o sumar nuevas estructuras de pensamiento, es otro tema. Pero esa chicana mejor dejarla a los obreros incansables del “no se puede”, mientras pateamos el tarro para robar un poco de lo que nos gusta y soñar con un mundo no sé si mejor, pero al menos distinto.

 

 

 

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