Palabras cotidianas

La mensajería instantánea está de moda. Ahora lo raro es que a las palabras, sonidos, imágenes, se las lleve el viento.

Sin embargo, y en paralelo, el vértigo ante una hoja o una pantalla en blanco persiste.  Y nos encantaría mandar a terapia al cursor para que se cure de una buena vez esa maldita manía de titilar. Quien lo diseñó sabría mucho de ceros y unos, pero no entendía nada acerca de la ansiedad que produce llenar ese enorme vacío, ese desierto de comunicación.

El renglón del chat no tiene cursor, no titila. Está ahí, pequeño y vacío, más bien indiferente, como un buzón de quejas en el hall de una mutualista. Y los mensajes se dejan caer, chorrean, muchas veces son monólogos, porque del otro lado nadie contesta. Da igual. Y la gente habla y deja mensajes como en una bandeja, porque agarran el aparato celular como si soplaran las palabras sobre el cristal. Parece el juego de la flor del panadero. Quizás hasta estén pidiendo un deseo al soltar el botón que mandará a volar su voz, en un diferido leve.

Entonces, los sonidos, risas y sollozos convertidos en datos para luego ser convertidos de vuelta en algo parecido a un ser humano, van a saltar de antena en antena, atravesando cuerpos, corazones, células y autobuses, hasta llegar a destino. “Ok, compro pan entonces”. Tanto lío para decir eso.

Mientras, el cursor ya no puede más de la ansiedad, se pregunta qué hizo mal, qué culpa tiene de haber nacido con un defecto congénito, de no encontrar la cura para su impertinente prender y apagar.

Los procesadores de texto debería venir con hojas escritas. ¿Desea abrir un documento Nuevo? No, lo que deseo es abrir un documento viejo, algo que se parezca más a una sopa de letras donde el contenido está pero más bien oculto y, aunque no lo resolvamos, siempre haya palabras latentes, dormidas, como en un cuento de hadas, esperando que algo o alguien las despierte.

Pero en este mar de vacío no se puede nadar. No hay corriente ni olas. Es una planicie interminable de cosas no dichas. Quien diseñó una hoja lisa y sin final no sabe nada de historia, de antropología o metafísica. Parece ignorar que el ser humano, más que al dolor o a la muerte, le teme a la inmensidad.

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