Ese olor

Llegé temprano y prendí el último sahumerio que me quedaba. Todavía no eran las 8 de la mañana. Leí los diarios y disfruté del silencio antes de que llegaran los compañeros de oficina del turno de la mañana.

Al mediodía, aprovechando que salía a comprar algo para comer, pasé por una santería y compré más sahumerios. Consciente de que pasaba en ese espacio más horas que en mi propia casa, seleccioné los aromas y sus propiedades mágicas con todo el amor que se puede depositar sobre un escritorio.

La planta cubierta de flores junto a la ventana, las artesanías de las nenas, la foto de mis sobrinas, mi perra, mi pareja, todo junto con el listado de internos y los pegotines de mis bandas preferidas. Un altar kitch donde gasto con devoción mis horas de vida con la esperanza de llegar antes al purgatorio de la salida.

A veces cuesta más llegar hasta la orilla de cada día, sobre todo cuando el cielo de las vacaciones se aproxima. La fantasía de dejar en suspenso el culto a las ocho horas y abrazar a mis diosas del Olimpo, tener un rato de intimidad, una pequeña bacanal doméstica donde abunde en lugar del fruto de la vid, la cerveza.

En esas pequeñas batallas me entretenía cuando alguien arrojó una piedra al vitral de mi templo. “¿Qué es ese olor?”. Era un intento de amar el espacio que me rodea, por más que sea el lugar donde cambio mi tiempo por dinero. Parece que molestó un poco. Tampoco era como para armar una guerra santa por eso. Para los no devotos del sahumerio también están abiertas las puertas de mi iglesia.

 

 

 

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