En viaje

Otra vez escribo en el ómnibus. Parada, más bien colgada, con una sola mano, con el pulgar derecho para ser exactos. Me senté. Ahora creo en el destino. Aduana. Ese es el de este coche. Me río sola. Escribir es una actividad solitaria. Reírse de uno mismo, también. Puede que haya alguien del otro lado o tal vez no. Pero el viaje continúa y este ejercicio de jugar a armar un texto sin pasarme de parada me atrapa. A esta hora algunos duermen. Otros sueñan con vidas ajenas iluminados por sus pantallas. Les guste o no, van a llegar a destino. Miro por la ventanilla para ubicarme y sigo. Mido el tiempo en caracteres, agarro la curva en una coma y me detengo en el próximo punto. Que bien se siente esta libertad. Todo lo que se puede decir y callar en diez minutos. Porque decir algo es siempre ocultar otra cosa. Ese sí que es un ejercicio interesante; armar una cuerda de palabras muy larga para ir a buscar, allá en el fondo, todo lo que permanece silenciado; el lenguaje no articulado de nuestros demonios. El ómnibus ya tomó la calle Uruguay, me quedan dos paradas. Voy plegando mis alas para aterrizar. Hasta el próximo viaje. Un hora, por favor.

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