Ese olor

Llegé temprano y prendí el último sahumerio que me quedaba. Todavía no eran las 8 de la mañana. Leí los diarios y disfruté del silencio antes de que llegaran los compañeros de oficina del turno de la mañana.

Al mediodía, aprovechando que salía a comprar algo para comer, pasé por una santería y compré más sahumerios. Consciente de que pasaba en ese espacio más horas que en mi propia casa, seleccioné los aromas y sus propiedades mágicas con todo el amor que se puede depositar sobre un escritorio.

La planta cubierta de flores junto a la ventana, las artesanías de las nenas, la foto de mis sobrinas, mi perra, mi pareja, todo junto con el listado de internos y los pegotines de mis bandas preferidas. Un altar kitch donde gasto con devoción mis horas de vida con la esperanza de llegar antes al purgatorio de la salida.

A veces cuesta más llegar hasta la orilla de cada día, sobre todo cuando el cielo de las vacaciones se aproxima. La fantasía de dejar en suspenso el culto a las ocho horas y abrazar a mis diosas del Olimpo, tener un rato de intimidad, una pequeña bacanal doméstica donde abunde en lugar del fruto de la vid, la cerveza.

En esas pequeñas batallas me entretenía cuando alguien arrojó una piedra al vitral de mi templo. “¿Qué es ese olor?”. Era un intento de amar el espacio que me rodea, por más que sea el lugar donde cambio mi tiempo por dinero. Parece que molestó un poco. Tampoco era como para armar una guerra santa por eso. Para los no devotos del sahumerio también están abiertas las puertas de mi iglesia.

 

 

 

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Vivir de posteo

¿Lo mejor que me pueden decir? “Esto tiene que ir para piresmios” o “espero que escribas una entrada sobre tal o cual”. Me llena de orgullo infantil. No de ese orgullo mezcla de soberbia que tienen algunos adultos, que no se me malinterprete. Es como cuando te dicen de niña “qué bonito te ha quedado tu dibujo”, algo así. Como una vergüenza que te da el ser descubierto haciendo algo que disfrutás mucho y que se te note tanto. En fin, este posteo tiene como única finalidad contarles eso, que si realmente me quieren devolver por un instante a mi estado de inocencia, me encarguen una entrada para el blog. Además, la mayoría de las veces cumplo con los encargues.Y si no es así, los reto a que me pongan a prueba.

En viaje

Otra vez escribo en el ómnibus. Parada, más bien colgada, con una sola mano, con el pulgar derecho para ser exactos. Me senté. Ahora creo en el destino. Aduana. Ese es el de este coche. Me río sola. Escribir es una actividad solitaria. Reírse de uno mismo, también. Puede que haya alguien del otro lado o tal vez no. Pero el viaje continúa y este ejercicio de jugar a armar un texto sin pasarme de parada me atrapa. A esta hora algunos duermen. Otros sueñan con vidas ajenas iluminados por sus pantallas. Les guste o no, van a llegar a destino. Miro por la ventanilla para ubicarme y sigo. Mido el tiempo en caracteres, agarro la curva en una coma y me detengo en el próximo punto. Que bien se siente esta libertad. Todo lo que se puede decir y callar en diez minutos. Porque decir algo es siempre ocultar otra cosa. Ese sí que es un ejercicio interesante; armar una cuerda de palabras muy larga para ir a buscar, allá en el fondo, todo lo que permanece silenciado; el lenguaje no articulado de nuestros demonios. El ómnibus ya tomó la calle Uruguay, me quedan dos paradas. Voy plegando mis alas para aterrizar. Hasta el próximo viaje. Un hora, por favor.