Extranjera

Cómo mantener la mente en estado creativo mientras se espera turno para que lo atiendan a uno en la sala de espera del Registro Civil. ¿Cómo? ¿Me quiere decir alguien? Con el guardia de seguridad recostado a una pared conversando con dos o tres hombres más, tan mal pago y tan pagado de sí mismo, todo a la vez. “Disculpe, para usar el celular para hablar por favor afuera, son seis pasos, nada más”, su momento superman.

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Una hora, por favor

Pagué el boleto de una hora con mi tarjeta STM y a los dos minutos de los siete que dura mi viaje, conseguí asiento. Aunque el viaje iba a ser breve, me dio pena por no haber cargado un libro en la mochila. Esos cinco minutos de lectura son oro en polvo para una madre de dos.

Sentí una bronca injustificada por la gente que iba encorvada sobre una pantalla de teléfono. Sabía que no tenía derecho a juzgarlos ni ganas de enroscarme de nuevo en una discusión sobre nuevas tecnologías cuando llegara a la oficina y arrancara a armar un mate.

Ellos se lo pierden, pensé con la soberbia propia de una lectora frustrada. Después de todo ellos también están leyendo, a su modo. En su mundo rectangular, lo mismo que con un libro, se pasan por el moño el naranja de la luz de la mañana grafiteando el Palacio Legislativo; la monotonía del paisaje que implica el mismo itinerario repetido. Usted en siete minutos habrá llegado a destino, como dice Google Maps.

Y llegué. Apuré la publicación porque “me bajo en la próxima” Adiós.

To do

Vivir agobiado por cosas qué hacer, grandes y pequeñas, se van acumulando hasta dejar una pequeñísima luz por donde pasa una cantidad ridícula de oxígeno.

Vas tachando y se van agregando nuevos casilleros en blanco. Sospecho sin poder comprobarlo en este instante que es propio de la cultura occidental esa manera de transcurrir, como algo muy católico, apostólico y romano. Un tic del calendario gregoriano.

Y entonces resulta que tenemos días importantes, días épicos, días en los que todo cambia de un momento a otro: compromisos, titulaciones, certificaciones, contratos,  vencimientos, muertes y nacimientos; y todo lo demás parece una gran sala de espera llena de revistas viejas.

¿Por qué no hacer que cuente también el entretiempo? ¿Qué pasa con la gente que parece que está eternamente “comiendo banco”, como se dice en la jerga futbolera? Si no metiste un par de hitos en lo que convencionalmente hemos acordado denominar “año”, fuiste.

Como que entre factura y factura que pagás vencida te afanás en trascender o hacer que valga la pena de una forma que nadie, ni vos mismo, entiende. Ahí es cuando viene un niño de esos que viven en tu casa, esos que te cambiaron el nombre para siempre, y te tiran un “te acordás mamá…”, seguido de un evento que habías olvidado por completo o al que le habías restado o mejor dicho nunca le habías sumado ninguna importancia. Un momento que no existió hasta que te lo trajeron a cuento.

Al diablo con la lista de cosas que hay para hacer y el libro que te explica como librarte del molesto caos en cinco simples pasos. Ojalá nunca nadie tenga que cerrar con llave su casa pensando si quizás no habrá olvidado dar un beso.