Horas libres

play en torre

Después de las cuatro de la tarde comienza la infancia suelta. Se abren las puertas de la escuela y a borbotones salen, se tropiezan, empujan, tambalean, se caen, a veces lloran pero siempre se levantan. Todos desatados, las moñas, los cordones de los zapatos, las trenzas. Así, libres, exhaustos y llenos de energía al mismo tiempo, invitan a un amigo a tomar juntos la merienda.

Por más que los adultos le metimos tijera a la infancia haciendo coincidir nuestras interminables jornadas de trabajo con sus horas de permanencia en las escuelas, ellos se las amañan para hacerle trampa al tiempo completo.

Y cuando susurramos un “sí, bueno, dale”, ya nada más importa. Saltan de los bolsillos un poco descosidos juguetes y figuritas. Se festeja como un gol el permiso para llevar amigos a casa.

Pasando al fondo que hay lugar, colaborando, a ver un asiento para los chiquilines. La aventura comienza en el viaje, pateando mochilas cansadas, peleando por quién saca esta vez el boleto, jugando con todo, porque todo a cierta edad es un juego.

De la mano formamos una cadena humana que ocupa toda la vereda. Cruzamos calles, saltamos baldosas flojas y hacemos equilibrio en los muritos. En la esquina hay permiso para correr a ver quién llega primero a la puerta. La perra del otro lado se alborota porque ella también sufre la condena del tiempo completo, las ocho o nueve horas diarias de encierro y soledad.

Aunque sabemos que eso no es vida para nadie, ni para los adultos, ni para los botijas, ni para los perros y, quién lo duda, mucho menos para sufridos maestros y maestras, la rueda sigue girando.

Nos conformamos con esas horas libres, el tiempo sin agenda, los instantes entre rutina y rutina en los que prima la cordura y priorizamos la cocoa con dibujitos, los besos pegoteados, la infancia compartida, interviniendo como dioses paganos en la arquitectura de lo que, tal vez y con mucha suerte, algún día serán buenos recuerdos.

Los escuchamos jugar por jugar, darle la espalda a la tele porque empezó el informativo. “Hacemos que yo era… y vos eras… y entonces”… así aprenden a construir relatos sin sospechar que lo que están escribiendo es su propia historia.

Antes los padres estaban ahí, en la vuelta, “haciendo sus cosas”. No eran los entertainers de sus hijos, ni sus planificadores de agenda. Eran padres o abuelos o tíos o cuidadores, hermanos mayores, gente que había dejado más o menos atrás la infancia, lo suficiente como para mirarla desde otro lugar y disfrutarla así, con una sana distancia.

Está todo bien con eso de tirarse al piso y jugar con ellos, pero hay que ver qué bien que lo pasan cuando uno está a la mano, pero no a la orden, cuando el adulto comparte, pero se detiene el juego cuando entra al cuarto, porque ese es su mundo íntimo, privado, único e intransferible. Es nuestra responsabilidad garantizar ese espacio, sin invadirlo, sin gestionarlo, solo haciendo lugar para que la infancia fluya sin obstáculos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s