Pequeños mundos

“Dale, levantate que llegamos tarde”, le zampa la madre a su hija justo en la mitad de un sueño maravilloso. Sin muchas ganas abre un ojo sin saber que algún día ese techo, el color de las paredes de su cuarto, la luz del ambiente y la perspectiva desde su cama van a pasar a formar parte del decorado de un mundo entonces muy lejano llamado infancia.

La cocina se agita y la perra rasca la puerta ansiosa, la única que le ganó al despertador como cada mañana, víctima de su biología y de la tiranía de hacer sus necesidades en la vereda humana.

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Horas libres

play en torre

Después de las cuatro de la tarde comienza la infancia suelta. Se abren las puertas de la escuela y a borbotones salen, se tropiezan, empujan, tambalean, se caen, a veces lloran pero siempre se levantan. Todos desatados, las moñas, los cordones de los zapatos, las trenzas. Así, libres, exhaustos y llenos de energía al mismo tiempo, invitan a un amigo a tomar juntos la merienda.

Por más que los adultos le metimos tijera a la infancia haciendo coincidir nuestras interminables jornadas de trabajo con sus horas de permanencia en las escuelas, ellos se las amañan para hacerle trampa al tiempo completo.

Y cuando susurramos un “sí, bueno, dale”, ya nada más importa. Saltan de los bolsillos un poco descosidos juguetes y figuritas. Se festeja como un gol el permiso para llevar amigos a casa.

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