Previa

La ciudad entera decidió darse una ducha para recibir ese día. Por fin él accedió a ir a su casa. Ella en el espejo, bañada por la luz de la tormenta, se tornó tan atemporal como aquella tarde fuera de foco.

Contaría las horas si pudiera, pero bien podrían ser las cuatro como las seis, daba igual. Seleccionó un disco con la punta de los dedos y se dijo para sí que tendría que quitar de una buena vez el polvo acumulado sobre la torre de compactos apilados junto al equipo de audio. The Best Of Etta James se elevó como por obra y magia de esas máquinas que prometen osos de peluche a cambio de una moneda.

Ya casi no recordaba cómo prepararse para el amor, por lo que desplegó una colección de lugares comunes, escenas de películas de esas que repiten mucho en la televisión por cabe. Prendió sahumerios y los dejó consumirse apenada de no haber calculado bien el tiempo, nerviosa porque el aroma se desvaneciera justo antes de la tan ansiada visita.

Se preguntó si él también sentiría ese malestar físico propio de un cierto estado de ansiedad. Ese puño en el pecho y la dificultad para hacer llegar el aire al fondo de los pulmones le pareció una delicia comparado con el dolor en los huesos que siempre le trae aparejado la humedad.

Cerró los ojos y se imaginó una escena en pantalla gigante en la oscuridad de un viejo cine club. El olor a madera de las butacas algo desvencijadas y los protagonistas aprontándose para el encuentro en montaje paralelo, todo muy sepia, casi en cámara lenta.

Tantas veces se había peinado y vestido de punta en blanco para ir sola al cine que esa imagen mental le pareció de lo más familiar, casi su segundo hogar. Se sentó como para darle más fidelidad al preámbulo. No tuvo que abrir los ojos para acertar el centro de su sillón favorito. Conocía esa soledad de memoria.

Pero el timbre la despertó como a un sonámbulo de su ensoñación. Inspiró fuerte por ambas fosas nasales, para chequear que no estaba en el cine club, dominar la ansiedad y verificar el aroma del ambiente, todo al mismo tiempo. Caminó hacia la puerta doble de vidrios esmerilados. Sus articulaciones cedieron un poco como lo habría hecho un antepasado suyo al sentirse observado por un animal salvaje que estaba a punto de devorarlo. El instinto de la huida.

Sin escapatoria giró el pestillo de bronce y abrió. Ella estaba sumergida en un cóctel de endorfinas. Él se quedó parado como un predicador inoportuno. Antes de hacerlo pasar sintió la tentación de volver a cerrar la puerta, rebobinar la cinta, regresar a su butaca imaginaria y prolongar el sueño, la previa, ese lugar donde la expectativa puede más que la recompensa.

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