El separador de etapas

Alguien tendría que inventar un equivalente emocional al separador que evita que se pegoteen los discos para empanadas.

Un papel film espiritual que encierre etapas de la vida, personas, momentos y los mantenga en lugar fresco y seco.

Aunque suene muy cobarde, por más que Daniel Goleman haga arcadas, sería un gran hallazgo.

Las redes sociales fracasaron en el intento. Al final se les pegotea todo. Un ex novio etiquetado, una prima lejana que se mete y arruina con un simple comentario toda esa felicidad oceánica color turquesa.

El separador emocional iría más allá. Podría ser un mantra, una canción o un perfume. Ante ese estímulo quedaría sellado al vacío y preservado para siempre, libre de todo juicio propio o ajeno un momento o incluso la versión de una persona.

“La verdad que el Ernesto de los 90 era superior a este pelmazo del nuevo milenio”. Y entonces quedaría ahí intacto, como esos muñecos de acción de culto, dentro de su embalaje original aquel adorado Ernesto. El nuevo, el que arruinaría la mirada sobre el otro, pasaría a ocupar el lado de afuera del plástico afectivo.

Imagínense que práctico sería meter dentro de una bolsa de vacío a la ex pareja, el casamiento, el viaje de luna de miel, los nervios antes de ir a sala de parto, la mano apretada y la mirada cómplice. El dolor.

Se podría aislar de todo lo demás que integraba el conjunto llamado “Ernesto” solo al papá canchero. Su pasado en común, el resultado de la intersección A+B, la vida juntos, se irían a dormir a la parte más alta del ropero entre las mantas y los acolchados.

Hay quienes tienen la habilidad de fabricar estos separadores de forma artesanal, más o menos porosos según la pericia del artesano.

Para otros la vida es más bien una bola tornasol de masa para modelar donde cada color llegó para sumarse al todo sin remedio.

Ernesto, el parto, la tenencia, los chicos, el dolor, la felicidad. Todo queda dentro de la misma bolsa y se contamina. Como una media roja que se coló por descuido en el lavado de la ropa blanca. Ese maldito color rosa que no sale con nada.

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