La puerta

Tercer día de clases, segundo año. Es temprano para los “más grandes”, pero la costumbre de estar en la puerta de la escuela 15.45  no se pierde de un momento a otro, incluso verano mediante.

La túnica parece más blanca sobre su bronceado incorrecto. El aire libre le ganó la pulseada al bloqueador solar y ese color porfiado a verano me llena de culpa y al mismo tiempo me encanta.

Espero ver su sonrisa incompleta que ella luce como un trofeo, el botín de hadas y ratones,  bajando por la escalera.

Los padres, madres, abuelas, abuelos, perritos, coches de bebés y hermanos mayores se van aglutinando contra una reja puesta a las apuradas por quien sabe qué comisión de fomento.

Por las ventanas todavía libres de barrotes asoman carteleras y plantas sobrevivientes al abandono estival.

Pronto estaré ahí para darle un abrazo y preguntarle cómo fue su día. Con suerte habrá sido bueno y su mejor amiga en el recreo le habrá relagalado una tiza o algún otro tesoro de valor incalculable.

Se me acabó la paciencia. Corro a su encuentro aunque sé que mi apuro es algo exagerado.

Siento que una mañana cualquiera voy a tener que suplicarle para que me deje acompañarla al liceo.

No hay tiempo que perder, los más chicos están saliendo y mi hija ya no es uno de ellos.

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