Psicólogo de cabecera

Estamos en Uruguay del 2050. La salud es pública y completamente gratuita para todo habitante del país e incluso para los extranjeros que nos visiten. Hará unos diez años me informaron que debía elegir un “psicólogo de cabecera”. Recuerdo que asocié lo de psicólogo con cabecera y estuve a punto de hacer un chiste, pero me lo guardé ante la mirada seria de un funcionario implacablemente vestido de blanco lleno de tatuajes y pierciengs.

Entro al consultorio (lo seguimos llamando así) y me tiro en el suelo en una gran alfombra ubicada en el centro. Mi terapeuta baja las luces y me pide que me relaje mientras va a buscar la tablet donde lleva mi bitácora, una suerte de historia clínica pero donde se registran los dolores de mi alma y alguna que otra alegría también.

Esa bitácora corre en paralelo con las otras, esas sí más parecidas a la clásica historia clínica. Allí se puede empatar si algún problema que tuve, algún foco de ansiedad o tema sin resolver con mi familia pueden estar vinculados con la aparición de una enfermedad autoinmune, por ejemplo.

Cuando le cuento a mis hijos cómo estaba organizada hace un tiempo la disciplina, lo que significaba ir a terapia y los tabúes que existían, me miran como si recién saliera de la caverna con el garrote y arrastrando una pieza de caza por el suelo.

El más chico dice que quiere estudiar ciencias humanas. A uno todavía le suena a que va a terminar acodado en un bar departiendo con filósofos y críticos literarios. Nada que ver. Ahora ciencias humanas es una carrera a medida donde el estudiante toma al ser humano como eje transversal y lo estudia desde distintos puntos de vista: antropológico, médico,  químico y hasta puede cursar alguna materia vinculada a la ingeniería, puesto que los avances en materia de inteligencia artificial han sido enormes en los últimos tiempos.

Al rato vuelve mi terapeuta con una tablet. Algunas cosas están bien hechas y no han cambiado demasiado. Más allá de estar fabricadas con material flexible y biodegradable y poder enrollaras como un pergamino, en lo que a mí respecta una tablet sigue siendo una tablet.

“Retomamos donde terminamos la sesión pasada”, dice mi terapeuta. Comienza a sonar una música que es la que me remite a ese punto final y de partida al mismo tiempo. No es necesario anotar nada, el procesador de texto toma los apuntes directamente desde mi voz. Esto ayuda a que el profesional pueda prestarme toda la atención necesaria. Cuando es pertinente, hace algún apunte al margen, sobre todo si algo que menciono puede estar relacionado con otra bitácora.

Cuando estoy alterado me receta homeopatía que puedo retirar directamente de la farmacia o bien me la llevan a mi casa en esos simpáticos autos compactos que funcionan con aire comprimido.

Como si se tratara de Un Mundo Feliz, bajo esa aparente sanidad global corren ríos entubados de sufrimiento. La gente se ha vuelto psicócondríaca, un término que se inventó para denominar la dependencia que genera tener canilla libre de terapia.

Atrás quedaron los almuerzos de trabajo, las horas extras, las despedidas de fin de año. Los seres humanos vivimos ahora en una acolchonada soledad, somos una comunidad dispersa. Conectamos nuestros cerebros y trabajamos en beneficio de la concreción de una tarea. Si bien todavía existe el salario, quedan pocas empresas o comunidades, como se les llama ahora, que trabajen con esa modalidad.

La gente se esfuerza porque su estilo de vida encaje con el de determinada comunidad que selecciona al personal o a la hermandad, según sus valores, gustos y apetencias. Los outsiders, los que todavía viven desprovistos de un estilo de vida son los nuevos pobres, a quienes despectivamente se les llama “pobres de espíritu”. Algo parecido a lo que eran las ONG los ayudan a ser apetecibles para las comunidades. Los invitan a probar modas y tendencias, como quien le da a un bebé de probar su primera cucharada de puré de calabaza y se pregunta si quizás no habría sido mejor comenzar con el de manzana.

Los conflictos, si bien persisten, están muy mal vistos. Si uno quiere ser elegido por una comunidad y gozar de los beneficios de pertenecer, debe adaptarse a las reglas y sonreír. Siempre.

Y cuando no se aguanta más, cuando ya no es posible vivir del recuerdo de un exabrupto espetado a la hinchada rival en el fragor de un clásico en un partido de fútbol (ya no se juega con público, se transmite todo por internet y, si se quiere palco vip, por canales de realidad virtual), entonces ahí uno se despatarra en la alfombra, pide a gritos su bitácora y ya no es posible responder a la pregunta “cuándo empezó todo” ante la ansiedad inminente de que todo termine de una buena vez.

 

Bonus

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