Psicólogo de cabecera

Estamos en Uruguay del 2050. La salud es pública y completamente gratuita para todo habitante del país e incluso para los extranjeros que nos visiten. Hará unos diez años me informaron que debía elegir un “psicólogo de cabecera”. Recuerdo que asocié lo de psicólogo con cabecera y estuve a punto de hacer un chiste, pero me lo guardé ante la mirada seria de un funcionario implacablemente vestido de blanco lleno de tatuajes y pierciengs.

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Re pasada

Se sacó los auriculares enormes para saludar al conductor, pagar el boleto y dar las gracias. Quedaron ahí, colgando del cuello, con la música todavía luchando por alcanzarla y treparse por el lóbulo de la oreja desnuda.

Caminó hacia el fondo y se sentó en el asiento “de los bobos”, a pesar de que había cuatro o cinco ventanillas disponibles. No era ni joven ni vieja, estaba a mitad de camino, en ese limbo donde el proceso de deterioro del cuerpo perece entrar en pausa.

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Licencia poética

Siempre me quejo de que no encuentro un momento para escribir. Este año no ha sido la excepción. Como tantos autores frustrados, personas inéditas que andan por la vida huérfanas y estériles al mismo tiempo, mi única obra (también inédita) es una enciclopedia de excusas para no escribir.

La palabra me da de comer, pero yo no le doy de comer a la palabra. Los párrafos con sus oraciones y frases, sus puntos y sus comas, ponen el pan sobre la mesa; eso es mucho y sin embargo me resulta insuficiente.

No es que quiera más a unas palabras que a otras. Con el tiempo he aprendido a ser amable con todas y a procurar que nunca la tecnología de escribir le gane al arte de enunciar una idea.

Incluso la cita textual de un discurso tecnócrata puede abrigar cierta poesía. Todo es cuestión de entrenar la imaginación. Porque, para quienes no lo saben, la imaginación se entrena.

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Equilibrio

Lucía llegó un día a la oficina y me dijo: “me acordé de vos y te traje esto”. Acto seguido, extendió su brazo largo y fino de cuyo extremo colgaba un libro. Esos dos hechos concatenados me parecieron de una continuidad y contundencia inexplicable. Pensar en otro y pensar un libro. Para mejor, Lucía remató la hazaña contándome que había leído mi post Diez minutos y su interpretación del mensaje no pudo ser más acertada. Equilibrio, de Pedro Mairal me vino como anillo al dedo. En siete minutos de viaje en ómnibus me leí el prólogo y el primer texto. La identificación con el autor, con su forma de ver y escribir el mundo fue simultánea. Gracias a Lucía y su capacidad de leer y de leerme, el ómnibus volvió a ser mi sala de lectura y el celular mi maquina de escribir en miniatura.