Diez minutos

Todos los días subo al transporte que me trae hasta el trabajo y observo, con mínimos cambios, la misma escena: gente chequeando su teléfono móvil.

Quizás por una cuestión ancestral de actuar como manada, termino haciendo lo mismo. El móvil se encarga de avisarme que la distancia entre mi casa y la oficina se recorre en un promedio de siete minutos. “No me alcanza ni para abrir el libro”, me convenzo a mí misma, y vuelvo a deslizar el dedo por la bendita pantalla.

La idea de no tener tiempo para leer y mucho menos para alimentar mi blog me mortifica. La pantalla está ahí con su “shhhh, shhhh, todo estará bien” y una maravillosa colección de distracciones y excusas.

Entonces le veo los hilos al titiritero y decido tomar el control. Tengo diez minutos antes de entrar a una reunión, más o menos lo que me lleva venir de casa al trabajo.

La pantalla se ilumina, toco el icono de WordPress y produzco algún contenido de dudosa calidad literaria.

Será un placebo, una medicina no apta todavía para ser probada en humanos, un agua de Querétaro para mi conciencia, pero al menos intenté cambiar algo.

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