Silencio

Juan Carlos se aprontó el mate como cada mañana, hace por lo menos cuarenta años. Ya de gurí la abuela lo convidaba con unos mates dulces. Así adquirió la costumbre, en aquel cacharrito de loza con flores, que luego se fue haciendo más grande, áspero y amargo, como la vida misma.

“Hacete amigo del silencio”, esa frase la heredó junto con la costumbre de tomar mate. Eran como dos cosas que venían casi de la mano. Las dos generaciones se sentaban en el patio de baldosas desvaídas, justo debajo de la claraboya, a contemplar al canario encerrado en su jaula y a las plantas atrapadas en sus macetones de cemento con patas.

Si estaba lindo el clima, la abuela le pedía ayuda para darle a la manija y correr la claraboya. Entonces sentía una alegría propia y una pena ajena por el canario y las plantas que luchaban sin éxito por alcanzar el cielo, esa utopía enmarcada en el muro de un caserón viejo.

Y Juan Carlos se hizo amigo del silencio nomás. Se podría decir que se hicieron íntimos. Cuando el sol pegaba de lleno en el patio, dejando a las baldosas sin aliento, se entretenía con el fulgor de la cabellera de su abuela.

En esos pensamientos se perdía amargueando, junto al ventanal de balcón bajo que daba a la calle. A veces estaba de humor para sacar la silla a la puerta. Cuando él y su silencio andaban medio peleados, ponía la radio portátil con el volumen bien bajo. La apoyaba sobre la falda para dejar las manos libres y poder seguir cebando hasta que se lavara la tarde.

Iba a cobrar la pensión como quien daba vuelta un reloj de arena. Ahí mismo pagaba las pocas cuentas que tenía. No era un hombre de vicios ni de generar deudas. Alguna vez que otra jugaba a la Tómbola, pero en general se le perdía el papel entre un mar de papeles iguales, todos impresos por la misma maquinita.

“Adiós Don Juan Carlos”, le gritaba algún vecino. Solo y sin familia, era un milagro que todavía supiera su nombre alguien que no fuera a pagarle o a cobrarle algo.

Y es que el silencio tiene esa contra, va rodeando con su abrazo al silencioso hasta que su presencia física es la única prueba de su existencia, a falta de verbo que lo nombre.

Un día quedó la caldera en un grito sobre la hornalla encendida. El mate se hinchó al máximo, pero no pudo salir a pedir auxilio. Juan Carlos soñó con las flores lila sobre la loza resquebrajada y se ve que se encandiló con la blanca cabellera de su difunta abuela, porque no pudo volver del trance.

El día que no fue a cobrar la pensión el dueño del local de cobranzas se extrañó y comentó con los otros veteranos de la cuadra. Quedó un “adiós Juan Carlos” flotando en el aire y un mate más amargo que nunca se descompuso en silencio. Juan Carlos sin embargo estaba bien cuando lo encontraron, a pesar del tiempo transcurrido. Inmóvil, sentado bajo la claraboya abierta de par en par, hasta parecía feliz.

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