Algo terrible sucedió

Primero fue el cerebro. Quedó envuelto en una nube, a la espera, como los televisores que se sabe que están conectados porque nunca apagan esa luz, pero sin mostrar ninguna imagen.

La nariz y la garganta hicieron una alianza para impedir el flujo correcto del aire. Quizás esa aduana de oxígeno colaboró para que mi estado mental fuera confuso, un limbo de ideas sin borde ni conexión alguna entre sí.

La invasión devino en combate. Y la lucha arrojó sus víctimas por el mismo lugar por donde debería ingresar el aire. Respirar fue más complicado que intentar subir por una escalera mecánica que baja.

El desembarco de los gérmenes podría haber sido el lunes o una semana atrás. Es difícil determinar con precisión cuánto tiempo acamparon hasta que las condiciones estuvieron dadas, hasta que sonaron las trompetas y comenzó la infección.

Hoy mi cuerpo es un campo de batalla asediado por una condición que se conoce popularmente como estar enfermo. Este cuerpo que no logra transportar la cantidad de oxígeno suficiente en sangre, es incapaz de crear nada, más allá de una excusa elegante.

Con la boca entreabierta como un pez recién capturado, este cuerpo ha comprendido algo: jamás coloques delante de una promesa la frase “si nada terrible sucede”, porque puede que no se cumpla la segunda parte del enunciado.

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