Tremendo viaje

Mediterráneo
Mediterráneo

Fotos en Facebook, miles, de gente viajando, feliz. En el mismo muro, la foto de la que hoy hablan esas mismas personas, la del niño sirio ahogado, representante de otros tantos que encontraron el mismo destino.

“Mirá lo que es el color del agua”, dice alguien que se deleita observando el Mediterráneo de fondo en una típica postal turística. Yo miro el agua y la veo roja. Miro el agua y veo cuerpos flotando. Capaz que estoy loca, pero sería incapaz de disfrutar en ese contexto.

“Una pena que Turquía esté tan peligroso”, se lamentan los turistas con sus flamantes visas y pasaportes. Se les ha arruinado el paisaje.

“Tenés que viajar, después que arrancás no parás, es adictivo”, escucho decir a diario. Y la verdad es que no se me da la gana actualmente. Trato de tener ganas, pero no puedo. No puedo pasar con un avión  y hacer adiós con la mano a todas esas familias destrozadas por la guerra, ya no importa cuál. Esa maldita costumbre de los poderosos.

Me podrán tachar de demagogia y quizás no falten a la verdad. Obvio que me gustaría que mis hijas vieran las grandes maravillas del mundo, pero lamentablemente las están haciendo pedazos las bombas.

¿Qué les voy a decir? Por aquí podemos pasar, pero otro niño igual que vos no puede, porque algunos adultos que se pelean en su territorio no logran dirimir sus diferencias a través del diálogo.

No me interesa andar dando brincos sobre los campos de refugiados. Sería como caminar sobre zancos por el planeta pisando las cabezas de los que no pueden sortear un muro.

Hace poco vi en el informativo cómo la gente que escapa de la guerra se toma autorretratos con celulares que llevan bien envueltos en bolsas de nylon para ir avisando a sus familiares a través de las redes sociales que “llegaron bien”, y el informativista acotaba “como lo haría cualquier turista”.

¿Dónde va a parar esta dicotomía macabra? ¿Cuánto más va a avanzar la tecnología para acercarnos y alejarnos tanto al mismo tiempo?

Hoy la foto de un solo niño muerto es la esperanza para cambiar el destino de cientos de miles. Mientras tanto siguen de paseo por el mundo miles de millones de turistas que dirán “Oh, que terrible” antes de tomar el próximo vuelo sin inconvenientes. Quizás hasta se indignen y llenen un formulario de quejas si la aerolínea extravía su equipaje.

Está bien, no vamos a cancelar nuestras vacaciones porque el mundo mantenga un conflicto constante. Seguramente muchas personas viven del turismo en esos mismos países que hoy se sumergen en la desgracia y la miseria.

La tristeza no tiene fin, y tampoco conoce fronteras.

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