Declaración jurada

Él sabía de ella que su cédula terminaba en cero. Martínez sabía muchas cosas que no le interesaba saber de mucha gente: cuánto ganaban, si tenían hijos o no, más algunas cualidades como la honestidad, el orden o la tendencia al despiste.

Martínez sabía mucho acerca de su clienta dígito cero, pero no la conocía en realidad. Lo primero que le llamó la atención de ella fue su apellido, le sonaba algo musical, como puesto ex profeso, si no fuera porque el apellido no se elige: Larrosa.

Seis años de papeleo y casi no habían establecido otro vínculo con Larrosa más allá de las boletas con IVA y los aportes a la caja de jubilaciones. Martínez se había recibido de contador por mandato familiar, porque “era una profesión para ganar plata”. Aunque el propio Martínez no creía en este mito, le parecía algo exagerado, y de vez en cuando hasta disfrutaba su trabajo.

Martínez llegaba holgado a fin de mes, vivía solo en un minúsculo apartamento en un barrio bien cotizado y andaba en bicicleta porque quería, aunque tenía ahorros como para comprarse un cochecito. La bicicleta lo mantenía en forma y le quitaba esos años de más que el ejercicio de su profesión a veces le endosaba.

Si quería salir, salía. Sus amigos treintañeros parecían no querer volver del viaje de Ciencias Económicas. Martínez fantaseaba con que nunca bajarían del avión, que habían quedado como atrapados en esa fantasía, dando vueltas al mundo como una noria.

El joven contador vendió todas sus rifas, se fue de viaje y volvió. De regreso se vinculó a un estudio contable y comenzó a trabajar. A los pocos meses de haberse recibido, mandó a reparar la bicicleta de sus tiempos de estudiante. Una de esas tardes, en las que todavía llegaba al estudio algo agitado por la falta de entrenamiento con los pedales, conoció a Larrosa.

Llegó por recomendación de un amigo, del amigo, del amigo de Martínez. Quizás atraída por su tarifa de novel contador, Larrosa se presentó con su cédula y los papeles de su empresa. Los dos eran novatos, ella como empresaria, él como profesional.

Larrosa no se caracterizaba por su prolijidad en el papeleo. Llevó por lo menos tres años domesticar a la fiera y entrenarla en las artes de la burocracia, pero al final Martínez con su santa paciencia lo consiguió.

Los tres años siguientes fueron en calma, ella hacía todos los deberes y él realizaba su trabajo.

Las charlas eran mínimas, no había mucho para agregar. Martínez sabía que a Larrosa le iba moderadamente bien y que, al menos a declarar, no había tenido hijos.

El sexto año de ejercicio apareció Larrosa en el estudio. No era necesario marcar hora, ella siempre iba el mismo día, a la misma altura del año, era parte del pacto generado para domesticar su caos.

Martínez la recibió como siempre, ya tenían sus rituales, los hijos legítimos de la rutina. Pero fue justo esa tarde, con los papeles sobre la mesa, cuando la joven empresaria le comunicó la decisión de cerrar la empresa.

Entonces Martínez cayó en la cuenta. Había que pasar raya, pero esta vez definitivamente. Tenía el corazón todo arrugado en la columna del debe. Del otro lado estaba ella, Larrosa.

Los dos quedaron en silencio. No se había generado la confianza suficiente como para preguntar sobre el por qué de dicha decisión. Aun así Martínez ya había comenzado a extrañarla.

Martínez recordó aquel año, cuando notó que a Larrosa le había aflorado su primera cana en la melena lacia. Y el anterior, cuando se había sorprendido más de una vez durante sus paseos en bicicleta tratando de adivinar si sus ojos eran verdes o marrones.

No es que Martínez fuera un solitario, había tenido un par de novias que frecuentaban su diminuto lugar en el mundo. Salía con amigos, conocía gente, intercambiaba opiniones, y vivía lo que para muchos sería un sueño: era un joven profesional sin apremios de ningún tipo.

De todas las empresas que tenía a su cargo, esa era la más pequeña, la de Larrosa. Él estaba casi convencido de que la mantenía por cortesía, por haber sido de sus primeras clientas, de la época en que todavía se sentía un estudiante con título.

Entonces esa tarde, ante semejante revelación, Martínez solo atinó a romper el silencio con un “no” rotundo. Larrosa abrió grandes los ojos. Martínez descubrió que eran un poco marrones y un poco verdes, según cómo se reflejase la luz.

Larrosa tenía un negocio de bicicletas. En realidad era de su padre, pero a ella le dio pena venderlo cuando él ya no pudo más y se hizo cargo. Esa información fue el resultado de la charla más larga que mantuvieron en seis años.

“Te la compro” dijo Martínez. “Seamos socios”, se corrigió. Además de sonar algo machista y prepotente, comprarle la empresa implicaría una ruptura total del vínculo y una herida en el orgullo de su clienta.

Larrosa bajó la mirada, suspiró, y dijo: “eso va a llevarnos mucho papeleo”. Martínez sonrió, tronó los dedos como quien se apronta para ejecutar una obra maestra en el piano, y le ofreció un café a su futura socia.

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