Lo esencial es invisible

Foto: marcha Palacio Legislativo.
Paro y movilización del 27 de agosto de 2015

Mañana se retoman las clases en la educación pública de todo el país. Habrá que cargar bien la Ceibalita, juntar los lápices de colores que juegan a las escondidas por toda la casa, sacar de su asombro a la mochila que quedó con la boca abierta de tantos días sin escuela y repatriar los juguetes que quedaron en lo de la abuela.

Ante la duda, algunos padres optamos por explicarles a nuestros desconcertados hijos que no estaban de vacaciones. Explicarles que cuando los maestros tengan una nueva oportunidad de pedir lo que les corresponde, un salario y trabajo dignos, quizás ellos ya estén en el liceo. Porque para un adulto cinco años es mucho tiempo, pero para un niño es una eternidad.

Mientras los maestros y profesores negociaban sus condiciones de trabajo, hubo que hacer cuentas, construir ábacos con tapitas de refresco, copiar del libro al cuaderno para que las letras no caigan en el olvido y acudir a recursos didácticos de lo más disparatados.

Es cierto que no todas las madres, padres y adultos en general con gurises a cargo tienen la suerte de contar con alguien que los cuide mientras se suceden las medidas de lucha. A veces la impotencia nos gana y deseamos con toda la fuerza del mundo que vuelva el bálsamo de la rutina a calmar los ánimos nuestra familia.

Ese es el momento justo para pensar en el universo de vidas que están atravesadas por la educación pública. En la cantidad de niños y niñas, pero también de adolescentes en el caso de los liceos y las UTUs, para los cuales la educación es el lugar donde encuentran contención, un libro (porque en su casa no hay libros o hábitos de lectura), un grupo de pares, un profesor que los escucha, un maestro que les dice que no, a pesar de que en casa siempre les dicen que sí.

Quizás, y ojalá me equivoque, algunas familias no vuelvan a mandar a sus hijos a la escuela o al liceo, porque total, viven de paro. Entonces alguien se rasgará las vestiduras por esto. Pero si como sociedad no valoramos la educación pública, si desde el gobierno no se dan señales claras de que la educación es lo más importante, junto con la salud, está complicado para hacerle entender a una familia, quizás no tan informada, que quedan pocos países en América Latina y en el Mundo donde la educación sea gratuita hasta el nivel terciario, y seguro quedan menos todavía donde sea gratuita, de calidad, pero sus docentes estén mal remunerados y reciban tan poco respaldo para llevar adelante su tarea.

Respeto a las familias que hacen grandes esfuerzos por enviar a sus hijos a un colegio. Como padres, debe ser de las decisiones más difíciles optar por qué educación queremos para nuestros hijos. Algunos creemos que la educación está tanto adentro como afuera, alrededor y a los costados del aula. Eso que parece invisible, que no está escrito en ningún libro, como la posibilidad de sentarse en un banco junto a otro compañero que ni en sueños podría pagarse una cuota de un colegio, ni siquiera el más económico de barrio; o la de tener una maestra con una vocación del tamaño de una casa, que trata a cada niño como si fuera único, a pesar de que son casi treinta en la clase.

A veces se les adivina el cansancio en el rostro de las maestras, a veces el año se va en buenas intenciones de hacer cosas que no se logran, a veces se podría hacer algo con una partida extra de presupuesto, pero tu hijo aprende que vendiendo una rifa y juntando el dinero entre todos las cosas se consiguen y se disfrutan de otra manera.

Mañana vuelven las clases, y con ellas también vuelve el patio enorme con un árbol grande “como el de Anina”, el comedor donde los amigos comen lo mismo todos juntos en una mesa.

Setiembre nos devolverá las aulas, las maestras que curan rodillas lastimadas, las gomas y los sacapuntas que se prestan y no vuelven, el forro amarillo que por favor pidió la maestra, los veinte pesos para las fotocopias, las reuniones de la comisión de fomento, las moñas irremediablemente desatadas.

A los gobernantes les salió al revés el decreto, y lo que pretendía obligar a los maestros y profesores a concurrir a su lugar de trabajo dejó al descubierto que lo esencial, como dice El Principito, a veces es invisible. Pero cuando se vulnera, entonces sí, deja de ser invisible y rompe los ojos.

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2 comentarios en “Lo esencial es invisible

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