Prohibido fumar

Desde que está prohibido exhalar humo de cigarrillo en espacios cerrados, se instaló un nuevo ritual en la oficina: salir a fumar. El tiempo estipulado es de diez minutos por pucho más o menos. Cuando Gutiérrez se enteró de esta disposición se sintió estafado. No quería ni sacar la cuenta de las horas que dejaban de trabajar sus compañeros a causa del vicio.

No es que fuera un tipo sano, todo lo contrario. Se pasaba las horas sentado frente a su escritorio tomando café. “Café… ¡Ja!, pensaba, con una sonrisa socarrona en los labios. “Si por lo menos me dejaran salir a tirar el filtro… ni rastro deja esta porquería”, y se seguía dando manija mientras sus compañeros se calzaban el saco, la bufanda, y palpaban los bolsillos para asegurarse de que llevaban los puchos y el encendedor.

Un día, cansado de la tiranía de los pulmones con alquitrán, se puso el saco, metió las manos en los bolsillos vacíos y salió como una tromba. El café, recién servido, quedó abandonado junto a los diarios que leía de garrón cada mañana en la oficina.

Sabía que la logia del tabaco se reunía en la azotea, aunque algunos preferían alternar el pucho con el humo de los caños de escape, y bajaban a fumar a la vereda.

El ascensor demoraba. Cuando estaba a punto de arrancar para las escaleras, en tren de no perder el envión, se partió al medio la puerta metálica y Gutiérrez se metió adentro de una zancada.

Arriba había una especie de sala de máquinas que debía atravesar antes de salir al techo del edificio. Claramente no era un lugar pensado para el disfrute, más bien todo lo contrario. Era como estar tras bambalinas mientras se ejecuta una obra, viendo las cuerdas que suben y bajan el telón. Esa idea de salirse del foco, de estar por un instante fuera de escena le pareció atractiva a Gutiérrez.

Salió y apretó los párpados instintivamente. Eso dio un tiempo a sus pupilas para cambiar de tamaño y acomodarse. Incluso el resplandor de un día nublado era más intenso que la luz de los tubos de gas de la oficina.

Casualmente no había nadie fumando. Tal vez la amenaza de una lluvia inminente demoró el vicio, quién sabe. Gutiérrez no manejaba los códigos de los fumadores. Nunca le había interesado tragar humo. Aunque en el liceo le ofrecieron varias veces, él se limito a decir que no con la cabeza y hacerse adicto a alguna otra cosa.

Un tiempo se le dio por comer merengues, grandes cantidades. Dueño de un metabolismo privilegiado, Gutiérrez era flaco de nacimiento. A pesar de no hacer más ejercicio que desperezarse por las mañanas de forma exagerada, era incapaz de subir de peso. Por eso pudo darse atracones de clara de huevo con azúcar hasta el hartazgo.

El café sí, eso lo podía. Tenía varias cafeteras en su casa y un par en la oficina. Tomaba sin medida a pesar de la gastritis que le producía. Así de adicto era al café.

Con las manos en los bolsillos sintió ese vacío, la falta del vicio. Necesitaba algo que le diera sentido a esos diez minutos, como sostener un pucho entre los dedos, jugar con el humo, dejar la ceniza colgar hasta que cayera por su peso o darle un empujón con el índice para volver a besar el filtro.

De pronto Gutiérrez tuvo una revelación: la máquina de café del tercer piso. Ya casi había transcurrido el tiempo reglamentario, la pausa para fumar. Su plan debía concretarse en otro momento. Pero cuando sus pupilas volvieron a acomodarse a la luz de la oficina, tenían un brillo diferente, casi infantil.

Hasta que se canse, como le pasó con los merengues, Gutiérrez será feliz con poco. Todos los días, cuando sienta que la rutina lo agobie, rumbeará para el ascensor. Con las manos en los bolsillos acariciará la moneda que separó para la máquina del tercero. Esperará que el vaso se llene y seguirá viaje rumbo a la azotea. Saldrá, mirará el cielo, rodeará con los dedos el calor del vaso y beberá a sorbos su retazo de libertad.

Cuando pregunten dónde está Gutiérrez, sin sacar la vista siquiera de lo que están haciendo, los compañeros responderán: salió a fumar.

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