Fan

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Tomé el labial y lo repasé varias veces, entrecerrando los ojos frente al espejo, como si hiciera falta otra capa más de fucsia. Sonreí. Porque estaba feliz, pero también para constatar que no quedaran restos de maquillaje en la comisión de frente de mi alegría.

También repasé mentalmente las letras de las canciones, que si fueran de un color, también serían de un fucsia brillante. Tomé la campera de jean de segunda mano que tanto me gusta y, luego de meterme dentro, palpé los bolsillos para verificar que estuviera ahí mi entrada.

El taxi ya me estaba esperando en la puerta. En la parte de atrás me dejé llevar iluminada por la pantalla del celular, coordinando los últimos detalles del encuentro. Sabía que sería la encargada de hacer la fila para el concierto. Sentí una ansiedad adolescente y me alegré de no haber perdido con los años mi reserva de mariposas estomacales.

La categoría de público en la que me había embarcado no admitía interpretaciones: generales de pie. El taxi me dejó en la esquina, hasta donde llegaba la fila, un collar de cien metros compuesto por veinteañeros. Acostumbrados a salir a las tres de la mañana, esa noche madrugaron a la luna para ver a su banda de electro pop melodramático bien de cerca.

Yo, la del labial fucsia, levanté el mentón en señal de que poco me importaba tener quince años más que la media, y extendí mi ticket para que el talón fuera cortado. Ya no había vuelta atrás. Me dirigí como sonámbula hacia el escenario todavía vacío, buscando la mejor ubicación. Los años me han dado a mi favor la capacidad de estar sola en un lugar público y disfrutarlo.

Mientras esperaba a que llegaran mis compañeras, me deleité escuchando conversaciones ajenas y saqué fotos a personas extrañas con sus teléfonos celulares. El lugar era pequeño, pero adecuado. Se notaban los resabios arquitectónicos del antiguo cine sobre todo por el balcón, donde se ubicó la gente que pagó más ¿Quién querría ver un recital pop sentado en una silla? Un misterio.

Sobre la hora de inicio llegaron mis compañeras de trabajo. También llegó el resto de la gente, que intentaba ganar un lugar cerca del escenario a fuerza de empujones y viveza criolla. Yo estaba en la delgada línea que separa a los súper fans de los fans contenidos. En la segunda y tercera fila abundaban los novios con caras de “vine porque me lo pediste y te va a salir carísimo el favor”. Ellas daban saltitos de alegría, pero como si el techo estuviera a un metro y medio de altura. Maldito patriarcado.

Delante de todo había grupos compuestos por gente libre y adolescentes gays. Puedo afirmarlo porque, a falta de un artista telonero, me aprendí de memoria sus historias, contadas a los gritos a causa de la música de fondo, donde las canciones pop de aquella banda habían marcado el descubrimiento y disfrute de su sexualidad.

Le abrí camino entre la gente a mis compañeras, pero me quedé un paso más adelante, como indicando que era un poco más fans que ellas. Bajaron las luces, salió la banda, y todo lo demás para mí fue puro placer.

De esa noche me quedó el recuerdo marcado en las pantorrillas. Salté como una condenada a muerte. Me peleé por el espacio con chicas de veinte años y pibes de un metro ochenta. No escatimé en propinar algún codazo para defender mi lugar en el paraíso.

Y salté. Salté alto y mucho. Canté. Todo eso lo supe después del trance, cuando esos quince años más que no me pesaron en el orgullo me pasaron la factura con multas y recargos en el cuerpo.

Pagué con gusto. En cada dolor sonaba una canción distinta. Y si el dolor fuera de un color, seguramente también sería fucsia rabioso.

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