Desvelada

Se despertó de golpe con el primer eructo del cielo. El empacho de nubes de la tarde anterior devino en diluvio Universal.  Aquella madrugada ebria la sacó de su cama con un impertinente vómito meteorológico.

Se vino el agua, dijo en voz alta, pero su afirmación quedó flotando en la oscuridad total de aquella habitación sin ventanas. Su compañero se dio media vuelta y siguió usufructuando el lado izquierdo del somier, como si nada.

Fue a la cocina y miró el reloj de reojo. La hora de las brujas, pensó. La aguja marcaba casi las tres. Hizo como que se iba a poner a cocinar, pero al final cambió de parecer y se calentó agua para un mate.

Los fogonazos en la claraboya llegaban a destiempo con su música, pero el repiquetear de las gotas rabiosas unían todo en un mismo espectáculo.

Pasó de dar vueltas en horizontal a dar vueltas en vertical, recorriendo la casa como quien va a mirarla para decidir si la compra o no. Bueno sería ver una casa un día de lluvia y relámpagos de madrugada antes de firmar la escritura, divagó.

Sin embargo la casa no le asustaba en absoluto. Ya había pasado mucho tiempo desde que tuvieron su primer tormenta y, si bien extrañó el sonido de la chapa de su antigua morada, la actual también se sentía encantadora bajo el agua.

En ese estado de cuasi sonambulismo, con la casa sola como purgatorio, se dirigió hasta el cuarto multiusos. Su perra era la única testigo de su desvelo y la acompañó a la puerta como un Caronte.  Una vez que entregó el alma de su ama, se hizo un ovillo y permaneció montando guardia al otro lado de la puerta de doble hoja.

Era el lugar ideal para una noche como esa. Un limbo donde conviven los chiches de sus hijas, una bicicleta ergométrica abandonada, un televisor condenado a muerte por el apagón analógico, y la computadora grande, esa que cuando se prende hace un ruido del demonio.

Se sintió bien entre todas esas cosas desveladas igual que ella. Desde la ventana que da a la calle venía el sonido del agua pero desde abajo, ya no el tamborileo vertical del vidrio de la claraboya, sino la pretensión de charco de la superficie terrestre.

Entonces se puso a escribir un texto en el que no pasaba nada. Llovía, gran cosa. Llovía y ella no podía dormirse. Estaba desacompasada, desalineada con la rutina hogareña. De pronto ya no estaba cansada. Su memoria física le recordó los tiempos de estudiante, de mate con fotocopias, y eso la hizo sentir más a gusto todavía.

Poco a poco el desvelo dejó de ser involuntario, una mezcla de cita a ciegas y amor a primera vista, algo raro de verdad. Todo ese fastidio que experimentó girando sobre sí misma contra el colchón había desaparecido por completo. La lluvia se volvió mansa, como un borracho que vomita y sigue tomando, más aliviado.
Venga otra vuelta, yo pago, pensó. Aquel eructo divino que la dejó sin sus horas muertas a cambio le había dado una noche de copas con el cielo en curda.

Y así terminó ella también, borracha de palabras, hablando incoherencias consigo misma, abrazada a la madrugada y haciendo eses sobre una hoja de Microsoft Word.

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