Lo esencial es invisible

Foto: marcha Palacio Legislativo.
Paro y movilización del 27 de agosto de 2015

Mañana se retoman las clases en la educación pública de todo el país. Habrá que cargar bien la Ceibalita, juntar los lápices de colores que juegan a las escondidas por toda la casa, sacar de su asombro a la mochila que quedó con la boca abierta de tantos días sin escuela y repatriar los juguetes que quedaron en lo de la abuela.

Ante la duda, algunos padres optamos por explicarles a nuestros desconcertados hijos que no estaban de vacaciones. Explicarles que cuando los maestros tengan una nueva oportunidad de pedir lo que les corresponde, un salario y trabajo dignos, quizás ellos ya estén en el liceo. Porque para un adulto cinco años es mucho tiempo, pero para un niño es una eternidad.

Mientras los maestros y profesores negociaban sus condiciones de trabajo, hubo que hacer cuentas, construir ábacos con tapitas de refresco, copiar del libro al cuaderno para que las letras no caigan en el olvido y acudir a recursos didácticos de lo más disparatados.

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Agua tibia

A medida que descendía el olor a cloro se iba haciendo cada vez más penetrante. Con cuidado de no resbalarse, bajaba las escaleras como sonámbula, intoxicada por la promesa del agua tibia.

Podía sentir sus músculos de mujer joven tensarse como cuerdas, los muslos todavía firmes a pesar de lo que ella consideraba un leve sobrepeso.

Luego de algunas clases tardías, se lanzó por fin a ese universo líquido. Con la torpeza propia de un adulto que aprende, carecía de técnica. Nadaba como condenada de un lado a otro de la piscina, con la intención confesa de perder peso. Visto de afuera parecía más bien alguien que estaba cumpliendo con una penitencia autoimpuesta.

El cabello le formaba un monte bajo la gorra de goma, otorgándole un aspecto algo extraterrestre que se completaba con los lentes ovalados para ver bajo el agua.

Pero sumergida no había mucho para mirar, más que las piernas de las personas adultas que se abandonaban a flotar en ese caldo azul. El grosor de las extremidades solían no coincidir en nada con el perímetro de su cintura, lo que alimentaba la fantasía de que se trataba en realidad de una colonia de seres, mitad medusa, mitad humano.

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Prohibido fumar

Desde que está prohibido exhalar humo de cigarrillo en espacios cerrados, se instaló un nuevo ritual en la oficina: salir a fumar. El tiempo estipulado es de diez minutos por pucho más o menos. Cuando Gutiérrez se enteró de esta disposición se sintió estafado. No quería ni sacar la cuenta de las horas que dejaban de trabajar sus compañeros a causa del vicio.

No es que fuera un tipo sano, todo lo contrario. Se pasaba las horas sentado frente a su escritorio tomando café. “Café… ¡Ja!, pensaba, con una sonrisa socarrona en los labios. “Si por lo menos me dejaran salir a tirar el filtro… ni rastro deja esta porquería”, y se seguía dando manija mientras sus compañeros se calzaban el saco, la bufanda, y palpaban los bolsillos para asegurarse de que llevaban los puchos y el encendedor.

Un día, cansado de la tiranía de los pulmones con alquitrán, se puso el saco, metió las manos en los bolsillos vacíos y salió como una tromba. El café, recién servido, quedó abandonado junto a los diarios que leía de garrón cada mañana en la oficina.

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Fan

Miranda_2

Tomé el labial y lo repasé varias veces, entrecerrando los ojos frente al espejo, como si hiciera falta otra capa más de fucsia. Sonreí. Porque estaba feliz, pero también para constatar que no quedaran restos de maquillaje en la comisión de frente de mi alegría.

También repasé mentalmente las letras de las canciones, que si fueran de un color, también serían de un fucsia brillante. Tomé la campera de jean de segunda mano que tanto me gusta y, luego de meterme dentro, palpé los bolsillos para verificar que estuviera ahí mi entrada.

El taxi ya me estaba esperando en la puerta. En la parte de atrás me dejé llevar iluminada por la pantalla del celular, coordinando los últimos detalles del encuentro. Sabía que sería la encargada de hacer la fila para el concierto. Sentí una ansiedad adolescente y me alegré de no haber perdido con los años mi reserva de mariposas estomacales.

La categoría de público en la que me había embarcado no admitía interpretaciones: generales de pie. El taxi me dejó en la esquina, hasta donde llegaba la fila, un collar de cien metros compuesto por veinteañeros. Acostumbrados a salir a las tres de la mañana, esa noche madrugaron a la luna para ver a su banda de electro pop melodramático bien de cerca.

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Desvelada

Se despertó de golpe con el primer eructo del cielo. El empacho de nubes de la tarde anterior devino en diluvio Universal.  Aquella madrugada ebria la sacó de su cama con un impertinente vómito meteorológico.

Se vino el agua, dijo en voz alta, pero su afirmación quedó flotando en la oscuridad total de aquella habitación sin ventanas. Su compañero se dio media vuelta y siguió usufructuando el lado izquierdo del somier, como si nada.

Fue a la cocina y miró el reloj de reojo. La hora de las brujas, pensó. La aguja marcaba casi las tres. Hizo como que se iba a poner a cocinar, pero al final cambió de parecer y se calentó agua para un mate.

Los fogonazos en la claraboya llegaban a destiempo con su música, pero el repiquetear de las gotas rabiosas unían todo en un mismo espectáculo.

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