Emilio

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Obra original que Emilio le regaló a Manu

Emilio entró este año como Auxiliar de Servicio en la escuela. Además de limpiar la cocoa que se vuelca irremediablemente y ayudar con todo el mecanismo de relojería que implica una escuela a tiempo completo, Emilio, que usa túnica aunque no es maestro, tiene mucho qué enseñar. Según mis hijas, cuando vuelven al salón de clases, no sólo está limpio y ordenado, sino que en los pizarrones hay dibujos fabulosos. Parece que este grafitero, cuya labor enmascarada claramente fue descubierta, decidió dejar algo de su arte para alegría de los escolares. Me contaron que en un rincón donde se amontonan viejos pizarrones hay una suerte de galería abierta con obras del artista furtivo. Incluso hizo que de un enchufe roto salieran tentáculos de una criatura extraña, transformando la avería en un motivo fantástico. “Tremendos dibujos hace”, dice la crítica más exigente. Ahora ubico quién es Emilio, el chico sonriente que limpia, deja dibujos a escondidas y se gana un lugar en nuestras charlas de vuelta a casa.

I’m a legal alien

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(…)

Si “los modales hacen al hombre” como alguien dijo

Entonces él es el héroe del día

Esto lleva a un hombre a sufrir ignorancia y sonreír

Sé tú mismo, no importa lo que digan

(…)

Cada vez que piso el barrio de los Pocitos, me siento atrapada en esta famosa canción de Sting. Me bajo del ómnibus, uno de los tantos que conecta la zona del Palacio Legislativo con casi todo lo que existe en Montevideo (amo la conectividad de mi barrio), camino unos pasos y ya soy un “legal alien”.

Muchos autos, para todo. A buscar al pibe que sale del cole a cinco cuadras, en auto. Hay un horario para hacer ejercicio, se llama crossfit o running y se debe hacer con el oufit apropiado. Todo lo demás, sobre ruedas y a salvo.

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Está muy fría el agua

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Abro el blog y siento que estoy en medio de la playa. Con torpeza me deshago de la camiseta y el short. Arrastro mi cuerpo de un blanco fulgurante hasta la orilla. Las olas le sacan lustre a la arena. La orilla 

no tiene memoria. El pie se hunde y al instante desaparece la huella. El purgatorio de los cobardes. Un par de amagues, la punta del pulgar descalzo y un dato que no le interesa a nadie más, pero igual se grita como un gol ¡Está fría el agua!.

Recular como en la Iglesia, sin darle la espalda al santo mar. Pecado de cobardía. De los peores que pueden cometerse.

Lo mismo es escribir, pero para otros. Es mojarse la punta de los dedos. Es ir a la playa y terminar en la piscina del hotel. Una mala maña. Miedo a la inmensidad. Pánico a entrar y no querer salir después. A recordar cómo era flotar y sentir la sal metiéndose por todos los poros. El miedo nos mueve más que el amor. Y así estamos.

Dicho todo esto, arranqué a colaborar en https://harta.uy/

Si gustan, pasen y lean.

 

 

Preámbulo del retorno

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Foto: http://cort.as/-FCvD

Siempre que dejo de escribir por un tiempo sufro de un ataque de ego al volver. No consigo aparecer así de repente como quien pasa a visitar a un viejo amigo. No. Tengo que enunciarlo en una primera persona rabiosa. ¿Por qué? No lo sé. Una manía, supongo. Como quien tiene que darse vuelta a chequear la cerradura cada vez que sale de casa.

La cuestión es que acá estoy, no sé si notarán en mi prosa que me corté el pelo y tengo algunos kilos extra. Siempre estamos un poco desnudos cuando escribimos, aunque en realidad nadie nos está mirando.

Con este zaguán innecesario vuelvo, lista para cruzar la puerta cancel de mis emociones, con mis palabras como único amuleto.

 

Zaguán: Un zaguán es, en términos genéricos, un espacio cubierto situado en las casas, normalmente junto a la puerta. En este sentido, tiene un significado similar a vestíbulo. Es un elemento de paso, sin carácter habitacional. La palabra y la idea de zaguán aparece muchas veces en canciones de nuestras latitudes, especialmente en el tango.

 

Análisis de la película “Te doy mis ojos”

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La película Te doy mis ojos (España, 2003) está dirigida por la actriz y directora española Icíar Bollaín, quien en un principio se planteó hacer un cortometraje (Amores que matan) a partir del punto de vista del varón agresor, pero luego decidió incorporar el punto de vista de la mujer, transformándola en un largometraje ganador de siete premios Goya.

La película retrata con matices lo que sucede al interior de una pareja cuyo vínculo está signado por la violencia de género. Pero la situación no se da de forma aislada, sino que guarda una estrecha relación con las instituciones que fomentan, a la vez que ayudan a ocultar, este tipo de vínculos intrafamiliares.

En 2003 la violencia doméstica (todavía no se la definía como violencia de género) causó 103 muertes en España, un 54% más que en 2002, según consignaba la prensa de la época en la que salió a la luz “Te doy mis ojos”.

Tres de cada cuatro mujeres asesinadas en España en aquel entonces no había radicado jamás una denuncia por malos tratos contra su pareja o ex pareja.

La invisibilidad del problema constituía una parte importante del problema en sí mismo.

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Cuando sea grande

El domingo fue el día del padre en Uruguay. Como es habitual, yo invité a mi madre a celebrar conmigo.

Estábamos conversando de la vida, de los sueños, de todo y de nada al mismo tiempo. Entonces le dije “cuando sea grande…”. Ella me miró como diciendo “ya sos grande”. Yo no la dejé romperme la magia. “Bueno, cuando sea más grande todavía”. Y seguí con el relato.

Los padres, madres, adultos que nos vieron crecer en general, son la garantía de que vamos a poder usar esa frase. Mi madre siempre me trató como más grande, más madura, más fuerte. Pero es mi madre y junto a ella soy una niña. Tengo derecho a decir “cuando sea grande”, porque para soñar sueños que no cumplimos, sueños que soñamos cuando éramos niños, nunca es tarde.

Mi madre no debió haber puesto esa cara de asombro. Por suerte soy inmune a su realismo aniquilador. Ya no soy tan chica como para que me pongan en mi sitio ni tan grande como para dejar de soñar. Estoy en mi mejor momento. Lo siento mami.

 

 

 

Aquello

-El perro salió, olfateó un poco, pero al final hizo sus cosas y volvió a entrar, ni se estresó.

La mujer de mediana edad llevaba lentes negros y corte carré color rojizo. Tenía los labios pintados y mucha bijouterie de fantasía. Agarraba el celular como un verdadero teléfono, apoyándolo en su mejilla derecha. Ya casi nadie hace eso. 

El ómnibus iba lleno de puerta a puerta, pero ella estaba sentada. Antes de dar cada respuesta giraba la cabeza hacia ambos lados y su cabello se bamboleaba como en un aviso de acondicionador o de pelucas a mitad de precio.

-Aquello está en el mismo lugar.

Dijo bajando un poco la voz, como si se tratara de un secreto.

-Y si llueve nada, quedará ahí. Es como una sombra.

¿Qué sería aquello? ¿Un perro muerto? ¿Un sillón viejo? ¿Una bolsa de portland?

Podría ser cualquier cosa. Sólo tenía que nombrarlo para dejar de llamar la atención de los pasajeros. Pero no, la mujer que parecía disfrazada para no ser encontrada por Interpol, eligió la ambigüedad más absoluta. El misterio convirtió una charla de lista de supermercado en la trama de una teleserie policial que bien podría titularse “Aquello”, como el best seller de Stephen King.